Emigrantes irregulares y nuestra indignidad

Corría finales del siglo pasado cuando un País rico y poderoso trajo esclavos, con la falsa promesa de que si se portaban bien y trabajaban mucho, serían libres y conseguirán una vida mejor, tanto para ello como para sus hijos.

Estos ante la necesidad y la amargura que sufrían, se creyeron las historias de salvación que se les prometió y con las maletas llenas de ilusiones se fueron a buscar una vida mejor.

—Como no iban a creer en ello, cuando los que les llamaban habían sido esclavos liberados, como no iban a creer si los esclavos de ese País habían sufrido en sus carnes la amargura, soledad y la desesperación de estar fuera de casa.

Ellos, años antes, fueron también a buscan una vida mejor en países gigantes y ricos; aunque también hay que decir que en algunos casos, fueron acogidos por los mismos países de los que estos esclavos venían. Pero esto es otra historia.

Lo que los esclavos ignoraban es que el País en cuestión, era un gigante con pies de barro y con una memoria de pez.

—¿Como iban a pensar que ese País y sus gentes no cumplirían lo ofrecido? ¿como se iban a olvidarse de ellos? No podían ser tan crueles.

Pero así fue, poco duro lo prometido, todo era una ilusión, todo terminó rápidamente cuando no se les necesitó; les habían engañado.

Se les estaba devolviendo sin nada, a ellos y a sus hijos, de donde salieron con la nada.

Se habían portado bien, habían trabajado duro; pero los encargados del País (algunos de aquellos antiguos esclavos liberados y sus hijos), no consideraron suficiente el esfuerzo, se olvidaron rápidamente de lo que habían aportado y de su trabajo.

Con la excusa de que era un préstamo, les quitaron lo poco que habían conseguido: cuidados de su salud, educación para sus hijos, mejoras en sus condiciones de trabajo y una vivienda algo más digna.

Nuevamente, si querían seguir viviendo en el País, se les obligó a trabajo en las minas más oscuras, se les confiscaron las viviendas y, si no aceptaban las nuevas condiciones, se les expulsaba con una bolsa llena de penuria y desencantos. Habían perdido hasta las maletas.

Pero a ese País y a sus gentes, que habían olvidado que lo mismo les ocurrió a muchos de ellos en tiempos anteriores, les sería devuelto con creces la ingratitud.

Ahora ellos serían los esclavos y ahora tendrían la necesidad de buscar su libertad.

Su vergüenza y desolación les sumergió en la mayor de la tristeza. El arrepentimiento ya no resolvía nada; volvían ser esclavos, no sabían que podía ser de sus vidas. Era empezar de nuevo en países lejanos con gentes lejanas y, en algunos casos, en países y con gentes con las que fueron deshonesto.

—Harían con ellos lo mismo que ellos habían hecho. El temor y el miedo oscureció sus sonrisas.

Ni que decir tiene que ese país es España; sus ciudadanos, aquellos que salieron a trabajar en los años 60 y 70 del siglo pasado, buscando el pan y la sal, en países latinoamericanos y europeos; los que volvierón y los desmemoriados de su hijos.

Y los otros, a los que se les niega la sanidad, la educación y la vivienda son los inmigrantes irregulares, aquellos que sirvieron como mano de obra barata y ya se les necesita menos. Aquellos que viven esperando la expulsión.

Dijo el filosofo George Santayana: «Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo». Desgraciadamente tenemos una memoria frágil que nos hace volver a tropezar en nuestros errores. Lo tremendo de ello es que por el camino caen muchas vidas e ilusiones .

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Autor: Refugiados de la Tierra. Jesús Rivillo

Desplazamientos humanos.Refugiados del clima. Conflictos y cambio social. Comunicación. Sociología. Licenciado en CC Políticas y Sociología. Uni. Complutense Madrid. Diploma de Estudios Avanzados. Uni. Complutense Madrid.

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